LAS FLORES CRECEN EN CHERNOBIL
"Desde nuestra aldea veíamos el humo del incendio, pero no nos evacuaron hasta tres días después", nos comenta la presidenta de la Asociación de madres de niños de Chernobil de Ivankiv. Habían pasado tres días de la catástrofe, el 26 de abril del 86 y Ludmila, que entonces era la jefa de seguridad infantil de la región de Ivankiv, recibió la noticia de que debían abandonar la ciudad y las aldeas de alrededor de la Central Nuclear.
"Sacaron en autobuses a todos los niños y las mujeres. Los hombres se quedaron a trabajar en la central". Nunca olvidará las escenas de desasosiego e incertidumbre que presenció. Nunca olvidará a una pequeña niña a la que no evacuaron. La única que se quedó en la zona, porque sus padres alcohólicos no lo permitieron. La pequeña permaneció en la aldea, jugando con la arena, y viendo pasar los camiones entrando y saliendo continuamente a su pueblo. Un año más tarde, la leucemia acabó con su vida.
Y no lo olvidará, porque desde entonces, lleva trabajando por mejorar las condiciones de cientos de niños y niñas que todavía viven en esa zona, que aunque nacieron mucho después, todavía sufren los estragos del fatal accidente. "Nos recomendaron que no volviésemos a las aldeas", sigue contando, "pero no teníamos donde ir, nuestros trabajos estaban aquí, nuestras casas, nuestras familias...".
"A los que vivían al otro lado de las verja que delimita la zona de exclusión 30 km. alrededor de la Central, los realojaron en otras ciudades, pero a nosotros no nos ofrecieron nada, y cuatro meses después, volvimos".
Algunos edificios, entre ellos colegios, tuvieron que ser derrumbados, pues los niveles de radiación eran tan altos que sólo acercarte a ellos producía fuertes dolores de cabeza.
Poco a poco la contaminación ambiental ha ido normalizándose, pero las partículas radioactivas se han adentrado en la tierra donde se cultivan la mayoría de los alimentos que los más de 10000 habitantes de la zona consumen diariamente, la tierra donde pastan sus vacas, donde se crían sus gallinas.
Ahora Ludmila y un equipo de "madres coraje" trabajan infatigablemente para que los niños y niñas de esta zona se alejen del lugar contaminado al menos dos meses al año, y colaboran con diferentes organizaciones que promueven el acogimiento de estos menores en familias españolas.
En nuestra reunión también se encuentra Lidia Ivanovna, representante de una ONG valenciana, Ucrania 2000, que desde 1994 ayuda a niños y niñas afectados por Chernobil. Ella vivía en Kiev en aquella época, a más de 100 km. de la Central Nuclear, y también recuerda cómo los niños y niñas fueron evacuados de la capital un mes más tarde. "Había ocurrido muy lejos, y la gente solía hacer toda clase de chistes sobre el incendio y sobre la evacuación. Pero pronto descubrimos que el asunto era serio. Mi padre compró un dosímetro", nos cuenta, "y cuando lo pasamos por la repisa de la ventana llena de polvo y marcó la dosis tan elevada de radiactividad, nos asustamos de verdad. No era para bromear. Y deseamos dejar de sentir el sabor metálico en nuestra boca, el sabor a plomo radioactivo...".
Las autoridades ucranianas no informaron entonces de la magnitud de la tragedia, y siguen sin hacerlo ahora, 21 años más tarde.
Tras nuestro encuentro, y después de relatarnos los recuerdos del 86, una furgoneta nos lleva a visitar el sarcófago agrietado que cubre los escombros radioactivos que tantas desgracias han causado.
Al atravesar el primero de los tres controles de acceso a la Central, nos adentramos en un área de bosques de la superficie de Luxemburgo, donde vivían más de 200000 personas, que 48 de la tragedia fueron realojadas en diferentes zonas de la antigua Unión Soviética, teóricamente fuera del peligro.
Les dijeron que llevasen consigo ropa y víveres
para un par de días, pero nunca volvieron a sus casas. Todos, excepto
unos cuantos, a los que, la nostalgia, la mala calidad de las viviendas que
les ofrecieron, y la pésima acogida en estas ciudades por parte de
algunas personas que los consideraban "infectados", les hicieron
regresar.
Sergei, el guía que nos acompaña en nuestra visita a Chernobil, nos explica que hoy en día viven 350 personas en el área prohibida. Casi todos son mayores, han vivido toda su vida en la zona, y no entienden por qué el gobierno ucraniano no les permitió regresar a sus hogares después del incendio.
Actualmente las autoridades ya no les presionan
a salir. El gobierno sabe de su existencia, e incluso les han bautizado con
el nombre de "sama shol", que significa "los que viven en la
zona prohibida". Estas personas, en su mayoría ancianos, viven
aislados unos de otros, y distribuidos en 9 aldeas y una ciudad, Chernóbil.
Ignoran las prohibiciones de recoger vayas y setas de los bosques. Algunos tienen cerdos, gallinas y vacas, que les aseguran la supervivencia.
Nos sorprende cuando nos explican que, además de estos "sama shol", Chernóbil también tiene una población intermitente, la de 6000 personas que todavía trabajan directa o indirectamente en la Central. 3000 de ellos, llegan cada día en tren desde la Ciudad de Slavutich, la que se construyó tres años después de la catástrofe a 30 km. al este de la Central. Estos trabajadores participan en la construcción del cementerio nuclear que albergará los residuos radioactivos de todas las ciudades de Ucrania. Su trabajo está considerado de alto riesgo, y perciben salarios de 400 Euros mensuales.
La mitad, unos 200 Euros, perciben los que participan en las tareas de reforestación del bosque, y en los que descontaminan el metal que quedó, otros tres mil aproximadamente. Estas personas constituyen la población intermitente de Chernóbil, que vive en la ciudad evacuada de lunes a jueves, o semanas enteras alternas.
Nuestro guía nos proporciona un dosímetro,
que mide la radiación ambiental en nuestra visita. Cuando pasamos el
segundo control, el que lleva a la ciudad abandonada de Prypiat, la más
cercana a los reactores, el nivel de radiación sube de manera escandalosa.
Estamos pasando por la mancha radioactiva que el guía nos ha mostrado
en el mapa antes de comenzar la excursión.
Larysa, otra representante de la ONG valenciana,
que nos acompaña, no había regresado a la ciudad abandonada
desde 1985, un año antes de la catástrofe, donde vivió
durante los meses que duraron sus prácticas de ingeniería. "Era"
nos relata "la ciudad más hermosa de la Unión Soviética".
Una ciudad joven, creada en 1970, y que solo pudo disfrutar de la inusual
alegría de sus habitantes durante 16 años. Recuerda con nostalgia
sus calles bulliciosas, las tiendas donde se vendían perfumes franceses,
abrigos de visón y productos de los lugares más remotos. Era
como un oasis de color en medio de un país donde dominaban los grises.
Sus habitantes, que en su gran mayoría trabajaban para la central,
disponían de un nivel de renta sorprendentemente alto para la Unión
Soviética.
Ahora, sin poder evitar las lágrimas, observa las ruinas de los edificios que un día querían tocar el cielo, los colegios y parques donde los niños jugaban, alejados de cualquier preocupación, y soñaban con subir en la noria del parque de atracciones que nunca se llegó a inaugurar.
Seguimos nuestro recorrido por las abandonadas calles de la ciudad y visitamos uno de los 6 jardines de infancia. Deteriorado, abandonado, todavía conserva los murales infantiles y la muñeca que quedó impasible, encima de una silla, esperando a que alguna niña volviese algún día a jugar con ellas y dejándose observar por los visitantes, que, como nosotros, reviven la tragedia con su presencia.
Nos cruzamos a poca gente a nuestro paso, algún trabajador que camina pausadamente, mujeres que hablan enérgicamente, pero la persona más interesante que encontramos, es Safka, un anciano de 70 años que vive con su esposa adentrado en el bosque. Le gusta hablar con la gente, y sonriendo nos relata como celebró sus bodas de oro recientemente, y cómo el presidente de Ucrania le saludó personalmente y le regaló su teléfono móvil. Bromea con el hecho de que tiene línea directa con Yuschenko.
"Es curioso", nos relata el guía, "cómo han sobrevivido las personas que en el 86 tenían más de 40 años, y las que eran jóvenes, o incluso no habían nacido, las que más enfermedades han contraído".
"Las cifras oficiales" sigue Sergei, "hablan de 600000 damnificados por el accidente nuclear", pero nos admite que él piensa que son muchos más. "No se puede relacionar directamente las enfermedades que hoy en día se detectan". Lo cierto es que además de las dolencias relacionadas claramente con las exposiciones radioactivas, cada vez hay más personas que padecen enfermedades cardiovasculares. "En la clase de mi hijo, de 20 años", admite, "el 70% de los alumnos padecen pancreatitis". La deficiente alimentación de la población, debida a los recursos económicos, y las escasas posibilidades de recibir un tratamiento médico adecuado, no ayudan a que su salud mejore.
"La radioactiviad", no se ve, ni se siente, pero puede matar, poco a poco".
Hasta hace poco, un grupo de 80 científicos han estado estudiando las consecuencias de la catástrofe en animales, pero los estudios no han sido concluyentes, o al menos, no han sido publicados. La financiación se terminó hace un año, y los científicos volvieron a sus casas.
Safka y su mujer no hicieron caso de las recomendaciones
ni prohibiciones. Ellos, como otros muchos ancianos, volvieron al lugar que
los vio nacer, a sus bosques, a su casa, volvieron a cultivar sus tierras,
y vieron nacer las flores de nuevo. Nos invita a su casa a verlas, pero no
queda tiempo, pues nos acaban de hablar de otra flor que también nació
y creció en Chernobil hace siete años. La única niña
que vive en la zona. Decidimos ir a visitarla.
Llegamos a la casa de madera, pintada de alegres colores, que contrasta con
la desolación del entorno. Comienza a llover, y el color de las flores
que crecen delante del porche parece todavía destacar más.
Nos recibe Lidia, de 55 años, una mujer de complexión fuerte y mirada intensa, la madre de María, que nos cuenta su historia. Ella no vivía en Chernóbil cuando ocurrió el incendio, sino en Dnipropetrosk, a muchos kms. de allí. Trabajaba en una fábrica de armas, que como muchas de la zona, cerró en los años 90. Lidia, con tres hijos mayores y abandonada por su marido, no tenía donde vivir. No recibía ninguna pensión y no encontraba trabajo. Una amiga le habló de la región de Chernóbil. Le dijo que allí había cientos de casas abandonadas, que con unos insignificantes arreglos, podían ser su hogar.
Lidia era consciente de donde iba. Sabía que
lo que hacía no era legal, ni sano, pero sus hijos ya tenían
su vida y no se ocuparían de ella. Ella tenía poco que perder,
y si permanecía en su ciudad, acabaría mendigando. Cuando llegó
a Chernóbil, ocupó uno de los apartamentos de los miles abandonados,
y más tarde conoció a Víctor, uno de los otros sama shol
de la zona, con quien se casó. Años más tarde, en 1999,
nació María.
Durante seis años, la pequeña ha vivido con sus padres, sin relacionarse apenas con otros niños, ni asistir al colegio. Nos relata Lidia cómo tuvo que esconder a María en varias ocasiones que vino la policía a su casa a buscarles, porque aunque las autoridades pueden ignorar la resistencia de los ancianos que se niegan a abandonar la zona, con los niños, o mejor dicho, con la única niña, han intentado por todos los medios aplicar las leyes. Pero no lo han conseguido, y la familia continua en el área contaminada.
Desde hace un año asiste al colegio de Ivankiv, pero aún así María apenas nos habla. Es introvertida y tímida. El año pasado, Lidia decidió dejar a su marido y ocupó otra de las casas abandonadas de la región. "Víctor bebe", afirma la madre, "y aquí es fácil encontrar un lugar donde vivir, y la tierra da productos con los que alimentarnos".
Los representantes de la ONG española le hablan de su proyecto de acogimiento en España para mejorar la salud de los menores, y le preguntan a la madre qué le parecía que su hija participase en el programa el año que siguiente. "Claro que sí", contesta, "yo quiero lo mejor para ella". El verano del 2008 María viajará a España.
Lidia sabe lo que dicen de Chernobil, pero afirma que
ella y su hija se encuentran bien, y aunque no ha recibido nunca un reconocimiento
médico exhaustivo, afirma, "su aspecto es saludable", y es
verdad. Es una niña preciosa. Aunque su mirada es triste, es hermosa,
como las flores que crecen en Chernobil.
Clara Arnal (Presidenta de UCRANIA 2000 ENVALENCIA)